Danificados
· Septiembre 2025 ·
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El 29 de Octubre de 2024, hacía mucho viento en la zona de l'horta de València, un viento anormal, que en contra de mi poca costumbre de padecer miedo, me asustó; me asustó más de lo que quiero admitir, mientras empujaba el Bugaboo heredado con mi hija de tres meses dentro, en travesía por el pueblo de Picanya, desierto, hasta el centro de salud, donde teníamos vacunación.
A las 13:30 del medio día cruzamos el barranco del Poio para ir a la farmacia, había a penas un hilillo de agua en el fondo. No podía, jamas hubiese podido, ni remotamente, pensar o imaginar en lo que se podía convertir aquello. No obstante, el miedo, el que no acostumbro a tener, ahí estaba, medio mudo y silencioso, en el fondo de algo y sin llamar mucho la atención, pero pesado como una plomada. Aquella callada sensación me hizo volver por el camino del interior del pueblo, buscando algo de abrigo de la ventolera en los edificios. Al llegar a casa a comer, sencillamente, todo pasó a otro plano de importancia.
La tarde transcurrió normal, feucha, pero tranquila; dormimos la siesta la nana y yo, nos despertamos, jugamos un poco, y a eso de las seis decidí que era hora de ponernos en marcha y coger el coche. Craso error, mirado en retrospectiva, pero yo qué iba a saber; si sólo alguien nos hubiera avisado... una comisión especializada en la gestión de emergencias.
Sobre las 18:30 salimos a la calle y el ambiente era lijeramente extraño, había mucho movimiento, para aquellas horas nocturnas ya dada la época del año, aquella oscuridad y aquél viento. Pero al igual que el miedo que no quise reconocer, esto quedó accesorio. Y entonces, llegué a la incorporación hacia el puente para cruzar el barranco, y los coches de delante no se movían, y aunque no me dí cuenta hasta semanas tarde, en ese momento las luces del puente ya se habían fundido porque estaba todo oscuro y no se veía nada. Y el primer coche empezó a darse la vuelta, y eso hizo el segundo, y los del otro lado del puente no avanzaban, y supe que algo pasaba... No podía ir por allí, así que giré y me quise meter por la calle paralela que está más baja. Cuando los faros del coche alumbraron el fondo de esa calle que terminaba en el barranco, entendí porqué nadie se atrevía a cruzar el puente ya. Una catarata de agua sucia, cañas y mugre se desbordaba.
Mil punzadas heladas en cada mano y brazo se me clavaron desde dentro de la piel hacia fuera, me entró frío, una gelidez extraña; mi yo se dividió en dos, una escisión de la consciencia que me permitía a la vez estar aterrada, y no darme cuenta de ello. La disociación. Así podía pensar; porque llevaba un bebé de tres meses detrás.
Pensé que tenía que buscar otro camino para salir de allí, aunque fuera entre los caminos de los campos, pero Picanya es un pueblo encerrado, entre el barranco y las vías del metro, y si no era por aquel puente, era por el puente de Paiporta, el pueblo colindante, que iba a estar igual que aquél, o cruzando las vías por la otra punta del pueblo, ya que el paso a nivel más cercano lo habían cerrado hacía unos pocos años. Empecé a dar la vuelta siguiendo las direcciones legales de las calles y de pronto me encontré con una calle -la "avenida" Blasco Ibáñez- que no tenía luz ya, y en la que el agua llegaba por el bajo del coche; aceleré para que no entrara agua al motor a través del tubo de ecape y decidí que iba a volver a casa de mis padres porque me daba angustia pensar en quedarnos tiradas en mitad de cualquier calle con el agua acercándose. Torcí a la derecha al final de la avenida, dejando el barranco a nuestra espalda.
Notaba una presencia viscosa y oscura acercándose por detrás del coche, tocándonos por la espalda y los pies, como si de un demonio japonés se tratara, un Tsukumogami enfadado, con conconsciencia propia y malévola que nos perseguía, que estaba mas cerca de mi hija que de mí, y la iba a coger a ella primero...
Aparqué un poco en alto, con la esperanza que los escasos centímetros del bordillo bastarían para salvar mi coche (¡ingénua!). Puse a la niña en el carrito y fui corriendo a casa de mis padres; nos ayudaron a entrar. Aún teníamos la esperanza de que, como en otras ocasiones, cuando había habido llúvia abundante, todo quedara en unos cuarenta centímetros de agua en el garaje y que con serrín, la puerta cerrada y algunos trapos y toallas sería bastante para mitigar los daños. Pero en esta ocasión ni llovía, ni las esperanzas florecieron.
Escuchamos a mi padre desde el garaje gritar a mi madre: "¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta! ¡Abrela! ¡La va a reventar!". En lo que mi madre quedó un poco colapsada al otro lado del tabique que separaba la habitación del sótano del garaje, así que corrí, cogí el mando de la puerta del garaje que guardábamos en esta habitación contigua, y sin abrir la puerta que separa la habitación del garaje ni saber lo que estaba sucediendo hice lo que mi padre había dicho, apreté el botón. Lo primero que se escuchó fue el motor de la puerta, y enseguida un desagüe cual catarata irrumpió. Yo me pregunté, qué estaba siendo de mi padre si él estaba allí en medio en el momento de abrirse la compuerta en que se había convertido la puerta del garaje. Al contrario que en otros casos de vecinos que he podido conocer, la puerta que separa nuestro garaje de la habitación contigua se abría a favor de la corriente que entraba y mi padre no quedó encerrado en el garaje, junto a su coche, las bicicletas, esquís y un largo etcétera. Yo me subí a la planta baja, donde habia dejado segura a la pequeña a comprobar que estuviera bien, pero no dejé de escuchar gritos abajo; intentaban, entre los dos, sin ningún éxito y mucha desesperación, al menos cerrar la puerta de paso entre la habitación y el garaje: "¡Cierra la puerta, ciérrala!", "¡No puedo, no puedo con ella!". Entre dos adultos no pudieron cerrarla. Bajé a ver si podía ayudar, mi madre casi cayó mientras la corriente la arrastraba hacia la pared opuesta de la habitación, mi padre desistió de la puerta y se centró en llegar al pie de la escalera donde estaba yo. El agua ya les empezaba a sobrepasar el nivel de la rodilla. Consiguieron llegar y les tendí la mano; incrédulos y descentrados subimos para arriba, yo directa a coger a la niña.
Y esperamos el desastre.
Asumiendo repentinamente que aquello no era cosa de cuarenta centímetros y a la espera de que no nos tocara subir también a la primera planta.
Cuando el agua crujió, arrancó y tronó dentro de la casa, entonces supe que había que recordar las voces de los mayores; ¿qué contaba mi iaio sobre el año 57 en Nazaret? Que habían estado dos o tres días resguardados en el tejado de las casas sin nada que comer o beber, y que no le contara a mi abuela -más de cincuenta años después- que él había tenido que bajar a coger uno de los pollos ahogados para poder comer algo hasta que pudieran salir de allí, diciéndole a ella que se lo había encontrado vivo entre los escombros. Siempre se dice que no se tiene que olvidar la historia, así que empezamos a llenar botellas, botes, jarras y ollas con el agua que pudieran traernos aún las cañerías hasta que se cortase el suministro; porque posiblemente íbamos a estar un tiempo allí sin nada ni nadie... No obstante, yo tenía la cuerda esperanza de que 67 años mas tarde los procesos e infraestructuras de ayuda hubiesen mejorado tanto que nos permitieran salir de allí al día siguiente.
Pero al día siguiente no llegó nadie.
Ni al otro tampoco.
Y luego llegaron los voluntarios. Como en Tous 1982. Mi padre fue de los que se fue para Tous, siendo a penas un chaval, a ayudar. Ahora venían a ayudarnos a nosotros.
Dice mi tía, que mi padre solo ha llorado dos veces en la vida: cuando yo nací y al día siguiente de la Dana.
Hoy, 13 de Septiembre de 2025, me hacen una encuesta telefónica sobre la sintomatología de estrés postraumático sufrida en relación a la visita de la DANA. Hace alrededor de 3 meses pararon los sueños con agua sucia, cosas viscosas que me engullen y líquidos inidentificables que le cubren la cabeza a mi hija; hace alrededor de 3 semanas, volvieron las réplicas. El trauma se queda: la mente olvida, pero el cuerpo recuerda.
Nunca pensé que viviría la herencia de la riada del 57. Aquello era lejano, esporádico y subsidiario al cauce nuevo del río Turia.